No sé en qué momento hemos llegado a pensar que somos independientes del sistema que nos contiene; en qué momento el ego humano nos llevó a la conclusión de que somos seres que pueden vivir separados del hábitat que nos rodea, cuando ya se hace más que evidente que todo lo que nos rodea forma un sistema dependiente de todas sus partes.
Un ecosistema no es más que la simbiosis de todos los seres y el entorno físico, abarcando todos los seres vivos y no vivos en un área específica. Si se presta la debida atención, es notable ver que todas las criaturas que viven en la Tierra son parte necesaria de la evolución de la misma: evolucionan simultáneamente, no son procesos independientes uno del otro; todo lo contrario, uno hace evolucionar al otro. Los insectos, animales y árboles crean recursos que luego otros animales, insectos y árboles usan para su propia evolución, y así sucede simultáneamente mientras estén en contacto unos con otros. Y cuando hablo de contacto no me refiero a uno directo; hay cientos de procesos que toman cientos de años que, al entrar en contacto con ellos, solemos pensar que simplemente se formaron por una evolución directa del mismo ser, lo cual nunca, nunca sucede en la realidad.
Es esencial que entendamos que, aunque la naturaleza se pueda ver con una perspectiva de que sobrevive el más fuerte, la realidad es que no es así. Los ecosistemas son balances de materia; por más que una especie se vea amenazada por otra, en condiciones normales no suele llevar a la extinción de la especie débil, porque la misma también forma parte del balance del ecosistema. Lamentablemente, los únicos seres que creemos estar por encima de todo lo que nos rodea somos los seres humanos; por eso actuamos en desbalance con la naturaleza de los ecosistemas que nos contienen, y eso solo lleva a un resultado: la eliminación de lo único que necesitamos en la vida, “los recursos que nos mantienen vivos”.

La biodiversidad no es algo importante, es lo único que importa cuando a la supervivencia de la humanidad nos referimos, y no se trata de vivir en la edad de piedra, sino de poner en perspectiva lo que realmente importa.
Hacernos responsables, esa es la palabra clave, porque será la única que nos lleve a entrar en balance con nuestro hábitat, con todas las criaturas que viven en nuestros alrededores y con las que interactuamos. Todas tienen una labor en el ecosistema y han evolucionado a la par con el planeta, igual como lo hicimos nosotros. Nosotros, como seres humanos, solemos establecer un grado de importancia a las criaturas en base a criterios que establecemos como si fuéramos los dueños y señores del planeta; qué ilusos, sin saber que la naturaleza no sigue los mismos parámetros que nosotros. Al final, respiramos oxígeno que producen los árboles, que vienen de semillas que los animales dejan al comer, que germinan usando agua y microorganismos que se alimentan de los mismos para que luego esos árboles produzcan frutos que son nuestros alimentos. Agua, oxígeno, frutos, incluso el clima, vienen de la biodiversidad de nuestro planeta; sin ellos se hace imposible la vida, y eso es una realidad incuestionable.
Espero que algún día podamos entenderlo.








