¿A qué es realmente a lo que nos enfrentamos si seguimos actuando de la misma manera? ¿Cuál sería el impacto real de simplemente ignorar el problema? ¿Por qué no seguir igual?
Lo importante, en cuanto al cambio climático se refiere, usualmente se basa en hacerse las preguntas correctas. A veces hay problemas que es posible describir en lenguajes distintos a los de su naturaleza, que suelen describirlos de una mejor manera, y el problema al que nos enfrentamos es muy fácil de explicar en un lenguaje matemático.
El cambio climático es algo que la Tierra utiliza para balancearse a sí misma. Modos de variación climática naturales, como El Niño y La Niña, son ejemplos de esto. El exceso de calor en el océano Pacífico va a la atmósfera en el primer caso, y el exceso de calor en la atmósfera pasa al océano Pacífico en el segundo, creando picos de temperaturas inesperados en todas partes del planeta. Esto lo hace el planeta de forma totalmente natural; una hace un balance con la otra.
Pero aquí es donde entramos nosotros y un estilo de vida irresponsable hacia los recursos que consume.
¿Qué pasa si a esos cambios que llevan a nuestras ciudades a picos climáticos para los que no están estructuradas para resistir tales condiciones le sumas el calentamiento global agregado por nuestro estilo de vida diario? ¿Le agregas gases de efecto invernadero que calientan nuestros hábitats a niveles que no esperábamos? ¿Qué pasa cuando alteramos aun más un ya variante período climático? ¿Qué pasa cuando las temperaturas excesivamente calientes causan muertes humanas? ¿Qué pasa cuando nuestras propias ciudades colapsan con lluvias para las que no están preparadas?
Bueno, pasa lo siguiente: el problema se va extendiendo hasta convertirse en un problema social, donde las personas mueren, se quedan sin hogares, se quedan sin alimentos y sin acceso a agua potable. Las grandes ciudades, que en su gran mayoría fueron construidas con acceso a océanos y mares, se inundan bajo lluvias para las que no fueron diseñadas. Sin contar el sinnúmero de fenómenos atmosféricos formados por las mismas alteraciones en nuestro clima, que pasan de ser algunas de las muestras de las consecuencias a pagar por no tener conciencia a la hora de gestionar los recursos que nos permiten estar vivos a convertirse en el día a día al que todos nos enfrentaremos.
Los problemas sociales luego también se transforman en problemas ambientales. Nuestra biodiversidad marina se enfrenta a océanos más calientes; nuestros bosques se enfrentan a climas inesperados y se vuelven propensos a incendios; los propios alimentos que necesitamos para subsistir se enfrentan a sequías o lluvias que alteran su producción. Hay un sinnúmero de consecuencias ambientales que también le hacen compañía a las consecuencias para nuestra salud misma.
Enfrentarnos a climas a los que no estamos acostumbrados, algunos incluso se convierten en inhabitables. La calidad del aire, del cual irónicamente no podemos vivir sin él, contamina nuestros pulmones. Estas y muchas más se unen a nuestras favoritas y prioritarias consecuencias económicas.
¿Qué pasa con el turismo cuando nuestras playas y zonas de interés se enfrentan a climas nunca antes vistos? La agricultura que ya mencionamos, las infraestructuras por igual, nuestro propio estilo de vida. La migración aumenta sin control posible, todo por no hacernos responsables de nuestras acciones.
También hay muchas preguntas que no hay necesidad de hacernos.
¿Por qué actuar ahora?
Me gusta esa pregunta porque suena como si tuviéramos más opciones. Suena como si cada día en el que no hacemos algo seguimos sumándole a algo que tiene un límite y al que eventualmente, si no tomamos conciencia, saturaremos, y las consecuencias de aquello no serán unas para las que estemos preparados.
La realidad es que tenemos que trabajar en el cambio ahora, y eso no es algo que podamos darnos el lujo de cuestionar, porque simplemente cada segundo en el que no tomamos acción para hacerlo aumenta las consecuencias que luego tendremos que enfrentar.








